Venezuela atraviesa en 2026 una nueva ola de crisis en su sistema penitenciario, y en el centro de la tormenta se encuentra la cárcel de El Rodeo I, en las afueras de Caracas. La huelga de hambre masiva de más de doscientos presos políticos recluidos en ese recinto, iniciada apenas días después de la promulgación de la Ley de Amnistía, ha convertido una protesta interna en un foco de alerta nacional e internacional. Detrás de cada preso en huelga hay una historia de condena, de aislamiento prolongado, de promesas incumplidas y de un sistema carcelario al borde de la implosión. El caso de El Rodeo I resume, en una sola prisión, los problemas estructurales del país: sobrepoblación, negligencia médica, militarización de la justicia y, sobre todo, el peso de la política sobre la vida y la libertad de las personas.

El contexto de la huelga de hambre en El Rodeo I
La huelga de hambre comenzó el 22 de febrero de 2026, tres días después de que la Asamblea Nacional promulgara la Ley de Amistad General y Transición, una norma presentada como un gran paso hacia la reconciliación nacional. La ley, que busca liberar a miles de personas detenidas por motivos políticos, dejó fuera de sus beneficios a un grupo significativo de presos, especialmente militares, gendarmes, ciudadanos extranjeros y todos aquellos acusados de delitos relacionados con terrorismo, conspiración o actividades contra la seguridad militar. Ese vacío legal activó la protesta.
Según el Comité por la Libertad de los Presos Políticos (CLIPPVE), 213 personas privadas de libertad en El Rodeo I iniciaron una huelga de hambre, incluyendo al menos 80 en huelga seca, es decir, sin ingerir líquidos. Entre ellos hay venezolanos y extranjeros, además de familiares de figuras de la oposición de alto perfil, como el yerno de Edmundo González Urrutia, Rafael Tudares, detenido desde hace más de un año. La medida de protesta busca un doble objetivo: que la Ley de Amnistía se aplique a todos los presos políticos y que se les garantice atención médica oportuna, visita familiar y condiciones mínimas de humanidad dentro de la prisión.
Condiciones de reclusión y el peso de la política
La cárcel de El Rodeo I, ubicada en el estado Miranda, ha sido reiteradamente señalada por organizaciones de derechos humanos como un ejemplo de las condiciones extremas de las prisiones venezolanas. El Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP) advirtió desde 2008 que en Rodeo I y Rodeo II rige una situación de “gravedad extrema”, con violaciones sistemáticas de derechos y riesgo de daño irreparable a la vida y la integridad de los internos. La Corte Interamericana de Derechos Humanos ha dictado medidas provisionales en favor de todos los presos de ambos centros, precisamente por el peligro de muerte violenta, tortura o tratos inhumanos.
En 2026, esos escenarios no han desaparecido; han cambiado de tono, pero no de fondo. Los presos políticos en Rodeo I conviven con hacinamiento, falta de ventilación, cortes prolongados de agua y electricidad, y una atención médica precaria. La ONG Foro Penal ha documentado que varios presos políticos han estado, en meses anteriores, bajo un “régimen de castigo” que les impide recibir visitas y paquetes de alimentos y medicinas enviados por sus familias, lo que acentúa la vulnerabilidad de su salud. En este contexto, la huelga de hambre se convierte en un recurso de último momento: cuando el diálogo con las autoridades no responde, la única forma de hacerse escuchar es dejando el cuerpo al borde de la descomposición.
Por qué la amnistía no alcanza a todos
La Ley de Amnistía de 2026 ha sido presentada por el gobierno como un gesto de transición, un intento de sanar heridas políticas y cerrar un ciclo de persecución. La norma establece excarcelaciones, suspensiones de condenas y purgas de antecedentes para quienes han sido privados de libertad por razones de oposición al régimen, por participación en protestas, o por delitos de opinión. Sin embargo, el texto excluye expresamente a quienes son acusados de delitos militares, conspiración, terrorismo o cualquier figura que el Estado interpreta como atentado directo a la seguridad nacional.
Esta exclusión tiene un impacto enorme en El Rodeo I, donde una parte importante de los presos políticos ha sido procesada precisamente bajo esos rótulos. Militares, gendarmes, funcionarios de seguridad y ciudadanos acusados de conspirar contra el Estado se encuentran en el limbo jurídico: ya no son vistos como simples delincuentes comunes, pero tampoco se les considera dentro de la categoría de “perseguidos políticos” que la Ley de Amnistía está dispuesta a liberar. El resultado es una suerte de castigo prolongado: siguen presos mientras otros compañeros salen en libertad, y la huelga de hambre se vuelve el único instrumento de presión colectiva que resta.
La dimensión humana de la huelga de hambre
La huelga de hambre no es solo un acto de voluntad colectiva, sino un proceso físico y psicológico extremo. La abstención voluntaria de alimentos, y más aún de líquidos, provoca deshidratación, desnutrición aguda, lesiones renales, caídas de presión, desmayos y, en casos graves, muerte por fallo orgánico. Los presos que se declaran en huelga seca corren riesgos aún mayores, porque la falta de agua impide la eliminación de toxinas y acelera la deterioración celular.
Familiares y organizaciones de derechos humanos han reportado que varios presos en Rodeo I ya muestran síntomas de debilidad extrema, mareos y pérdida de conocimiento. La falta de atención médica adecuada dentro de la prisión complica la situación: incluso cuando se detectan crisis, las ambulancias o el personal médico tardan en actuar, o la propia administración penitenciaria retrasa la interacción, presionando a los presos a interrumpir el ayuno. En el plano emocional, la huelga implica una mezcla de esperanza y desesperación: cada día que pasa sin respuesta oficial profundiza la sensación de abandono, pero también refuerza la decisión de no ceder hasta obtener una respuesta clara sobre su libertad.
Reacciones de organizaciones, familiares y comunidad internacional
La huelga de hambre en Rodeo I ha reavivado la preocupación de la comunidad internacional por la situación de los presos políticos en Venezuela. ONG como Foro Penal, el Observatorio Venezolano de Prisiones y el Comité por la Libertad de los Presos Políticos han publicado comunicados, llamados a la acción y alertas de riesgo extremo. Foro Penal, por ejemplo, ha señalado que la huelga evidencia que la Ley de Amnistía, pese a su alcance simbólico, deja pendiente una resolución para centenares de detenidos cuya situación judicial no encaja en los límites que el gobierno está dispuesto a negociar.
Las familias de los presos han organizado movilizaciones, vigils, ruedas de prensa y campañas en redes sociales, pidiendo que se incluya a sus seres queridos en la amnistía y que se ponga fin al régimen de castigo y aislamiento. Algunos familiares denuncian que, tras la huelga, ciertos detenidos fueron trasladados a celdas de aislamiento, sin acceso a visitas, suministros de alimentos enviados desde el exterior o incluso la capacidad de comunicarse con sus abogados. Esas denuncias han reforzado la percepción de que el Estado está respondiendo no con diálogo, sino con endurecimiento del control disciplinario.
Desde el plano diplomático, diversas misiones y organismos de derechos humanos han reiterado el llamado a las autoridades venezolanas para que respeten la integridad física de los huelguistas, permitan la visita de médicos de confianza, garantice el acceso a agua segura y abra un espacio de negociación sobre la extensión de la Ley de Amnistía. La presión externa se suma a la presión interna, pero hasta ahora no ha logrado, según relatos de los propios presos y sus familiares, una respuesta concreta ni un calendario claro de liberaciones para este grupo.
El rol de las autoridades y el dilema político
La respuesta oficial del gobierno y de la administración penitenciaria hasta ahora ha sido ambigua. Por un lado, se reconoce la existencia de la huelga y se insiste en que la Ley de Amnistía ya está en marcha, con decenas de excarcelaciones desde su entrada en vigor. Organismos cercanos al gobierno señalan que se han recibido más de mil quinientas solicitudes de amnistía, que se están procesando en orden y que no se puede pretender que la justicia avance a la velocidad de la protesta. Por otro lado, no se ha dado una señal clara sobre si se estudia una ampliación de la norma para incluir a los presos excluidos, ni se ha anunciado una comisión especial para revisar los casos de los presos políticos en Rodeo I, muchos de los cuales llevan meses o incluso años sin haber sido juzgados.
Esta mezcla de reconocimiento parcial e indiferencia práctica alimenta la sensación de que el Estado maneja la amnistía como un instrumento de control político, más que como un mecanismo de justicia transicional genuino. Los líderes de la oposición, por su parte, han aprovechado el momento para exigir que el gobierno aclare quién, exactamente, queda fuera de la amnistía, cuáles son los cargos y la justificación legal, y qué plazos hay para revisar cada caso. La huelga de hambre pone al régimen ante una encrucijada: responder con represión, mediante transfusiones forzadas, aislamiento extremo o incluso uso de fuerza, o abrir un espacio de diálogo real que acepte la posibilidad de revisar la lista de exclusiones.
Impacto de la huelga en la transición política y social
Más allá del impacto inmediato en la salud de los presos, la huelga de hambre de El Rodeo I deja huellas profundas en la narrativa de la transición política venezolana. La promesa de reconciliación, amnistía y cierre de ciclos de violencia se ve ensombrecida por la imagen de más de doscientas personas debilitándose por la falta de alimentos, mientras el sistema les niega una salida. La huelga, en ese sentido, cumple la función de un espejo: refleja la contradicción entre el discurso oficial de transición y la realidad de la prisión, donde la política continúa imponiendo límites a la vida y la libertad.
Si el gobierno cede y anuncia la liberación o el procesamiento acelerado de los huelguistas, podría recuperar parte de la credibilidad perdida, pero también abriría la puerta a que otros grupos de presos, en otras cárceles, exijan algo similar. Si, por el contrario, el gobierno mantiene una postura rígida y la huelga se prolonga, aumentan el riesgo de muertes, el deterioro de la imagen internacional del país y la consolidación de una narrativa de abuso de poder, incluso en medio de una transición declarada. En cualquier escenario, la huelga de hambre se vuelve un episodio emblemático de la crisis carcelaria venezolana, que no depende solo de la falta de recursos, sino de la incapacidad del Estado para separar la dimensión política de la penal y la humana.
Una crisis que exige más que medidas puntuales
La huelga de hambre masiva en El Rodeo I no puede reducirse a un simple conflicto de presos reclamando libertad. Es el síntoma de un sistema carcelario desbordado, profundamente militarizado, donde la línea entre delincuencia común y delito político se vuelve borrosa, y donde la respuesta del Estado suele ser más represiva que preventiva. La huelga desnuda la ausencia de un verdadero plan de reforma penitenciaria, con inversión en infraestructura, personal médico, capacidades de reinserción y mecanismos efectivos de revisión de condenas.
Paralelamente, el episodio interpela a la sociedad civil y a la oposición sobre cómo acompañar a los presos políticos sin convertirlos en símbolos vacíos. La huelga de hambre obliga a preguntarse cuál es el precio que se está dispuesto a pagar por la transición, y qué sentido tiene una amnistía que deja encarcelados a quienes más se han arriesgado en la lucha. La situación exige, más que gestos mediáticos, un compromiso serio con la revisión de casos, la protección de la salud de los presos, el acceso a la defensa legal y la restauración de la dignidad humana dentro de las prisiones.
En 2026, la huelga de hambre de los presos políticos en El Rodeo I se convierte en una señal de alerta indiscutible sobre el estado de la crisis carcelaria en Venezuela. No solo revela la fragilidad del sistema penitenciario, sino también la tensión entre el discurso de amnistía y la práctica de la exclusión. La forma en que el gobierno, la justicia, la sociedad y la comunidad internacional responden a esta protesta será un termómetro de si el país está realmente transitando hacia una democracia con derechos, o si la política de represión se disfraza apenas de transición, mientras los presos siguen pagando el precio de ser el barómetro de la conciencia política nacional.

Nikhita Jose is a journalist and content writer covering local news, community affairs, and public interest stories in Somerset. She focuses on clear, accurate reporting and brings a thoughtful, reader-first approach to regional journalism.